La vida tiene formas curiosas de darnos lecciones, o al menos señales que nos invitan a detenernos y observar.
En un texto anterior reflexionaba sobre cómo percibo el trabajo de los artistas y sus procesos. Recientemente, la vida me puso en una situación que me permitió ampliar ese punto de vista.
Como muchos, dependo de un auto para las actividades cotidianas, y ya era momento de darle servicio. Encontré una mañana disponible entre días de trabajo ocupados y decidí llevarlo al taller. Pensé que sería cuestión de una hora, pero además del cambio de aceite surgieron otros detalles: filtro, foco, rotación de llantas. El taller estaba lleno y no tenía cómo irme y regresar sin gastar de más. Decidí esperar. Fueron cinco horas.
La primera hora se fue en el teléfono. En la segunda, caminé un par de cuadras por café y descubrí un lugar con té matcha muy bueno. En la tercera, llegó la resignación. Volví a la sala de espera, respiré, medité un poco y luego simplemente observé.
Desde mi asiento podía ver parte del taller. Varias personas esperaban sus autos; una a una se fueron yendo. Cuando uno se queda quieto y permite que lo que hay alrededor ocurra, empiezan a aparecer detalles.
Como en cualquier entorno laboral, había quienes parecían cumplir con desgano. Pero también estaban quienes ponían atención: revisaban documentos dos veces, hacían preguntas, sonreían a los clientes. Había método, secuencia, un sistema que, en conjunto, funcionaba. Desde quien contestaba el teléfono hasta quien cambiaba el aceite o lavaba el auto, todo fluía con peculiar armonía.
Mirando ese equipo en acción y viendo cómo hacían con gusto su trabajo, me hice una pregunta simple: ¿disfruto yo mi trabajo?
He tenido la fortuna de dedicarme, por años, a actividades que me gustan: entrevistar, investigar, traducir, editar, escribir. Incluso dar clases, aunque por menos tiempo, ha sido una experiencia gratificante.
Igual que un artista encuentra sentido en su proceso creativo, creo que todos podemos encontrar satisfacción en lo que hacemos. A veces la vida nos empuja a tareas nuevas o menos agradables, pero incluso reconocer lo que no nos gusta tiene valor.
Desde joven aprendí que hay momentos en los que simplemente hay que hacer lo que toca. Con el tiempo desarrollé una forma de estar: concentrarme en la tarea sin cuestionar constantemente si me gusta o no y sin estar viendo el reloj.
También reconozco el privilegio de haber trabajado en el ámbito de la comunicación. No todos los trabajos ofrecen las mismas condiciones. Aun así, incluso dentro de este campo hay momentos exigentes: cubrir eventos como los Oscar o los Grammy, por ejemplo, suena glamoroso pero implica horas de espera, incomodidad y cansancio. En relaciones públicas o traducción hay tareas repetitivas que requieren alta concentración. No todo es ideal, pero en general, el de la comunicación es un trabajo que permite conocer gente y construir historias.
Después de observar a los empleados del taller y de pensar en mi propia experiencia, llegué a una idea sencilla: el trabajo puede abordarse como un arte. Se pueden encontrar aspectos valiosos en cada tarea y desarrollarlos con cuidado. Cuando uno se involucra de verdad, el tiempo cambia de ritmo.
Hay oficios más demandantes donde esto no siempre es evidente. Aun así, todo trabajo produce un resultado que impacta a otros. Ahí, en ese beneficio, también hay significado. Por eso, todo trabajo es importante.
Tras varias horas, solo quedábamos otra persona y yo en la sala. Al menos tenía un lugar cómodo donde esperar. Mi mente empezó a darle forma a este texto. A mitad de la quinta hora, finalmente, llamaron mi nombre: el auto estaba listo. Solo necesitará llantas nuevas en un futuro cercano.



