Estaba parada en un laberinto, con frío, con dudas. Y entonces algo se asentó.
Surrender no es resignación ni derrota: es el gesto activo de soltar el control hacia algo más grande que uno mismo.
Décadas después de que una mujer me dijera algo en la calle que no supe cómo descifrar, me encontré caminando por un laberinto al aire libre en el estado de Nueva York, a unas dos horas al norte de Manhattan. Era una tarde fresca, con algo de frío. Teníamos un retiro de silencio durante el primer año del seminario, y esa tarde tendría lugar una ceremonia en la cual los estudiantes aceptábamos nuestra tarea: era el primer paso antes de la ordenación, que vendría un año después.
A medio camino por el laberinto llegó a mí el recuerdo de aquella mujer. Habíamos coincidido en clases de yoga dentro de una organización dedicada al servicio y al crecimiento espiritual. Un día caminábamos por la calle, me rebasó, pero luego se regresó y me dijo: “Tienes que aceptar totalmente tu tarea para poder avanzar”. Me aclaró que ese pensamiento llegó a ella al pasar junto a mí, que en realidad no sabía lo que significaba. Y se fue.
Ese camino se quedó trunco porque unos meses más tarde, la vida me trajo a los Estados Unidos.
Años después, ahí, en el laberinto, me quedé parada unos segundos y me entraron dudas. Tenía que decidir si en realidad quería ser ministra interreligiosa y cumplir con todo lo que eso implica: constante estudio, disciplina en mis prácticas espirituales, un código de ética, compasión constante. Nunca había pensado en hacer ceremonias, en ser acompañante espiritual, en abrir espacio sagrado para alguien. Pero entonces tuve algo que no había tenido de joven: certeza. El deseo de hacer lo que se me pedía, aunque implicara superar mis propios límites. Supe que iba a poder hacerlo porque aceptaba esa tarea con el corazón abierto.
Ese, para mí, fue un momento de surrender.
La palabra que no se traduce
Lo dejo en inglés porque traducirlo al español con una connotación espiritual se vuelve algo complejo.
Rendirse es aceptar la derrota, y no se trata de eso. Entrega —como en San Juan de la Cruz o Santa Teresa, entregarse a Dios— se acerca más, pero hay que considerar que no es un sacrificio ni un sometimiento. Abandono connota soltar el control del resultado y confiar en la providencia, lo cual no está lejos, pero puede sugerir indiferencia. Soltar, por su parte, pierde la dimensión relacional: no se suelta hacia algo.
Así que aquí llamaré a esto surrender, o entrega cuando la traducción sea necesaria: sabiendo que ninguna palabra en español lo captura del todo. No es rendirse en el sentido militar. No es resignarse en el sentido psicológico. Es un gesto activo: soltar el control hacia algo más grande que uno mismo.
Lo que no es: resignación
Cuando estaba en el seminario y este concepto surgió en una de las sesiones fue todo un descubrimiento para mí. Yo crecí dentro del catolicismo, pero sin una educación teológica profunda. Apenas me eduqué para hacer la primera comunión, así que no conocía este término en el sentido de rendirse ante la divinidad.
El psicoanalista Emmanuel Ghent establece una distinción que vale la pena traer aquí. La sumisión —submission— es rendirse ante el poder de otro: pasividad forzada, con pérdida de agencia. El surrender, en cambio, es una experiencia de apertura, no de derrota. No lo realiza el ego de manera deliberada; puede ir acompañado de terror o de éxtasis, a veces de ambos. Implica estar completamente en el momento presente. Y lejos de borrar la identidad, conduce al descubrimiento de la identidad genuina.
Es, en palabras que yo haría mías, un sí a una relación con lo divino.
Lo que me pasó de joven —cuando aquella mujer me habló en la calle— era una invitación a ese sí. Pero no pude completarlo entonces, porque me faltaba algo esencial: la certeza. No una certeza intelectual, sino esa confianza profunda de que el gesto tiene hacia dónde ir. Sin ella, lo que uno experimenta no es surrender sino resignación: soltar sin destino, ceder sin amor. Son cosas completamente distintas.
Lo que sí es: fe en movimiento
De alguna manera, el momento del surrender puede compararse con el momento en que se tiene fe en algo. Y, sin embargo, no es lo mismo.
Ambos implican confiar en algo que no puedes controlar ni verificar completamente. Los dos requieren soltar la ilusión de autosuficiencia. En casi todas las tradiciones, ninguno de los dos es posible sin el otro.
Pero la fe es cognitiva y relacional —pistis en griego, emunah en hebreo— es primariamente un acto de confianza: creer que algo o alguien es digno de confianza, incluso sin prueba completa. El surrender es lo que la fe hace en el cuerpo y en la voluntad. Si la fe dice “confío en ti”, el surrender dice “entonces suelto esto”. La fe es la disposición. El surrender es el movimiento.
El filósofo William James lo expresó con precisión: la fe puede existir como una convicción intelectual durante años, pero la transformación real ocurre cuando hay un momento de surrender, un momento de dejar ir el esfuerzo de sostener la fe con la voluntad propia. “El momento en que el individuo deja de resistir y se entrega, es cuando la gracia puede actuar”. Puedes tener fe tensa y controladora. El surrender es cuando la fe deja de aferrarse a sí misma.
La fe puede existir sin surrender, pero el surrender sin fe no existe; en ese caso se convierte en resignación. Tener fe es creer que el puente aguanta; surrender es dar el primer paso sobre el puente.
Juntos forman el movimiento completo: la fe establece hacia dónde, y el surrender ejecuta el gesto de soltarse hacia allá. Por eso casi todas las tradiciones místicas ubican el surrender no al principio del camino espiritual —cuando la fe apenas se forma— sino en momentos de madurez o de crisis, cuando la fe ya existe, pero necesita ir más hondo de lo que la voluntad puede llevarla sola.
Las tradiciones lo dicen de otro modo
Cada tradición tiene su propia manera de nombrar este gesto.
En el Islam, surrender es sumisión en el sentido más literal: uno de los tres principios del islam, junto con la fe y la virtud moral. Los musulmanes creen que pueden liberarse de la esclavitud del ego al someterse a Dios. El matiz aquí no es de derrota sino de liberación: soltar el ego no como pérdida, sino como apertura.
San Ignacio de Loyola no usa la palabra surrender, pero articula su equivalente en la tradición jesuita a través de la indiferencia: la disposición de no estar apegado a ningún resultado particular —salud o enfermedad, riqueza o pobreza, vida larga o corta— excepto en lo que lleva a Dios. No es frialdad. Es libertad interior.
La Oración de la Serenidad —que trasciende cualquier tradición particular— captura en esencia esta misma entrega:
Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que puedo, y la sabiduría para conocer la diferencia.
Aceptar lo que no puedo cambiar. Cambiar lo que sí puedo. Saber la diferencia. Es, en el fondo, el mismo movimiento.
El surrender no es un momento único, y eso me parece importante decirlo. Uno cambia, la vida evoluciona, y nos presenta diferentes caminos y diferentes retos a lo largo de los años. Yo he tenido varios momentos de surrender porque cada etapa de la vida trae consigo su propia invitación a soltar.
El de aquella tarde en el laberinto fue uno de los más claros que recuerdo. No fue dramático ni solemne. Fue una pausa, unos segundos de duda, y luego algo que se asentó en todo mi ser como una certeza tranquila. El deseo de ir hacia adelante con el corazón abierto.
Para mí, el surrender es ese momento en que uno decide vivir bajo la guía espiritual de algo más grande que uno mismo. Cada quien puede llamarle con el nombre que guste. Hoy yo le llamo Espíritu.
Y bueno, aquí sigo.




Tu texto me llegó igual que Ati. Seguí con el dedo pasando textos y derrepente me regresé a leerte.
Gracias nuevamente Lilia